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Ecuador

Tras dos días de deliciosa y reparadora relajación a la orilla del mar, conquisté la séptima nación de mi viaje, Ecuador. Después de realizar sin complicaciones los trámites fronterizos, recibí una excelente noticia, el combustible costaba la mitad de lo que valía en Perú.

Lo primero que Ecuador hizo por mí fue recordarme a Venezuela en sus carreteras y paisajes…o me engañaron la sensación de cercanía y las ganas de rgresar a mi país...

La primera parada fue en Guayaquil. Asumo que no averigüé nada de esta ciudad antes de visitarla, así que lo que conocí fue producto del azar. Me asombró su hermoso malecón, del cual están muy orgullosos los lugareños; la Plaza Bolívar colmada de dóciles iguanas de todos los tamaños, con las que los más pequeños juegan sin reparos; además de la Plaza Centenario, el Mercado y un poco del centro comercial de la ciudad.

Alcanzar la ciudad capital, Quito, me tomó tan solo un día, pero la naturaleza se interpuso en mi marcha. Faltando escasos 120 kilómetros, cayó un aguacero tan intenso que tuve que alojarme en la ciudad de Santo Domingo, donde aguardé hasta el día siguiente.

La ruta que nos separaba a Bill y a mí de Quito fue espectacular, con sinuosos caminos bordeando las montañas y algunas caídas de agua. La entrada fue sorpresiva, al ver a centenares de policías esparcidos por todo el centro de la ciudad, pues se esperaban protestas para ese día con motivo de la firma de un Tratado de Libre Comercio a punto de ejecutarse con Estados Unidos.

Luego de recorrer punta a punta esta ciudad, encontré el agente autorizado BMW, pero no había repuestos en existencia para reparar la moto. Teníamos que solicitarlos en Alemania, demorando la reparación dos semanas más. Llamamos a Colombia y la respuesta fue similar. El mecánico me aseguró que mi fiel medio de transporte estaba en condiciones de llegar a Venezuela, así que decidí disfrutar de ocho días más en este país…un lugar de ensueño a mil kilómetros de la costa nos esperaba…. 

Después de evaluar múltiples ofertas y opciones en diferentes agencias de turismo, decidimos tomar un tour de ocho días a las inigualables Islas Galápagos. Así el día 25 de marzo de 2006, a las seis de la mañana me hallaba en el aeropuerto de la capital esperando mi vuelo a ese paraíso, del cual había oído hablar y visto documentales y libros. Pero lo averiguado se quedó corto con este extraordinario reservorio ecológico que en mucho superó mis perspectivas.

Llegué al aeropuerto en la isla Baltra, donde se deben pagar 100 dólares por entrar a este parque nacional, pero cancelé sólo la mitad por ser venezolano. Tras rodar unos 20 minutos en autobús, navegamos en ferry para llegar a la isla Santa Cruz, donde nos esperaban nuestros anfitriones, quienes nos condujeron hasta el hato El Chato. Allí avistamos tortugas gigantes en su hábitat natural, y nos adentramos en las sorprendentes entrañas de una cueva de lava volcánica.

Luego de cenar fuimos a Puerto Ayora, donde nos embarcamos en el Free Enterprise, un velero a motor capaz de alojar a 20 pasajeros más la tripulación. En este navío recorrimos las islas del norte y el sur de Galápagos, tales como Rabida, Sombrero Chino, Seymour, Plaza Sur, Santa Fe, La Española y Floreana.

Más allá de sus extraordinarias bellezas naturales, lo que mayormente atrajo mi atención de Galápagos y, seguramente la de muchos turistas, es la forma en que los animales que habitan estos vírgenes territorios conviven con los seres humanos. Si pudieran, los turistas podrían tocarlos sin que nada les sucediera, pero no correrían la misma suerte los animales, por lo cual el contacto está prohibido. Son diversas las causas de este veto, por ejemplo, si el hombre toca a una cría de un lobo marino, el olor que deja por el sudor o el protector solar aleja a la madre, que renuncia a amamantarlo, provocando, la muerte de la cría por falta de alimento. 

Durante todas las visitas, estuvimos guiados por un orientador especializado, quien nos habló sobre las especies endémicas y la evolución de ciertas plantas y animales. Pronto, recordé algunas lecciones escolares sobre los postulados de Charles Darwin, las cuales estudié bastantes años atrás…

El Piquero de patas azules fue una de las especies de aves que me resultó más encantadora. El tono de sus extremidades inferiores no parecía natural, era intensamente hermoso. También me sorprendieron las Fragatas, pájaros que durante su rito de apareamiento inflan una especie de bolsa roja debajo de su pico, en aras de atraer a las hembras.

Otra clase de fauna muy común en estos parajes son las iguanas de diferentes tipos. Las marinas logran sumergirse hasta 40 metros de profundidad y las que están sobre la tierra, ornamentan estos espacios con sus múltiples colores y tamaños. 

Por otro lado, la vida submarina  de las Galápagos es realmente fascinante, tanto por su diversidad, como por sus prístinas aguas que fungen de ventana a un mundo maravillosamente armónico. Fue una experiencia formidable nadar con manta rayas, tiburones, tortugas, lobos marinos y pingüinos. Algo muy curioso fue que cada vez que un tiburón aparecía, los turistas salían rápidos en su búsqueda, en lugar de huir dando alaridos de pánico.

Finalizamos el tour en la estación Charles Darwin en Puerto Ayora, donde vive el famoso Solitario Jorge, una tortuga gigante única en su especie. En este centro científico se están desarrollando avances que permitirán la reproducción de este ancestral animal.

Definitivamente, las Islas Galápagos es un lugar que recomiendo a todo aquel que  quiera conocer un auténtico paraíso y desee vivir una experiencia memorable, capaz de marcar su vida para siempre.

De vuelta en tierra firme, con la sensación de estar cerca de mi tierra venezolana, las avasallantes ganas de estar con mi hijo y cumplir con mis responsabilidades laborales, decidí emprender mi regreso por Colombia, sin la intención de conocerla como se merece…el tiempo apremiaba. Allí me despedí de Bill, quien continuó hasta Alaska y con quién he mantenido una entrañable amistad.