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Peru, un poco de todo

Después llegué a mi nuevo destino, donde se izaba una nueva bandera coloreada de rojo, blanco y de un tono bastante oscuro… el de la matraca.

Así me recibió Perú. Pocos kilómetros después de atravesar la frontera, la policía de tránsito me detuvo, pidiéndome los documentos del seguro de la moto, los cuales desde luego no portaba porque en mi país no los estaban tramitando.

De haberlos tenido, muy probablemente me hubiesen pedido otro papel o inventado alguna falta a la ley. De ello me di cuenta tras interpretar el mismo guión que se aplica en Venezuela, caracterizado por la intimidación, que pronto se transforma en una entrañable amistad dispuesta a colaborar, a cambio de una suma de dinero. Después de regatear, pague 30 soles, el equivalente a 10 dólares, repitiéndose la historia en un par de oportunidades más.

En principio sentí mucha rabia hacia Perú, no obstante, reflexioné y comprendí que no se puede juzgar a un país tan solo por  unos policías corruptos. Además, no tengo moral para criticarlos, en vista de que en mi país ocurren situaciones similares frecuentemente.

Superado este trago amargo, continué mi viaje hacia el departamento del  Cusco, luego de transitar por ciudades como Juliaca, la cual es un verdadero caos de mototaxis, bicitaxis, además de calles congestionadas y deterioradas desprovistas de señalización.

Después seguí mi periplo por hermosos paisajes de montaña, pequeños poblados y carreteras en muy buen estado, hasta llegar a la ciudad del Cusco. Decidí visitar los alrededores de la capital del imperio Inca, sustituyendo las ruedas de mi moto por las briosas patas de un equino.

Así conocí el Valle Sagrado de los Incas, cuyas cualidades geográficas y climáticas fueron de gran valía para estos indígenas, convirtiéndose en uno de los principales puntos de producción. Además, visité otras ruinas ancestrales, en cuyos recodos late un pasado glorioso que hoy es una invaluable herencia no sólo para el pueblo peruano, sino para todos los latinoamericanos.

Posteriormente, viajé hasta Ollantaytambo, la única ciudad del incanato aún poblada que, al igual que el Cusco, alardea del ingenio arquitectónico de esta antigua civilización. Allí tomé un tren que me trasladó hasta Aguas Calientes, población desde la cual parten los autobuses para alcanzar una de las colosales maravillas del mundo, las ruinas del santuario de Machu Pichu.

Ya en la entrada, me quedé perplejo admirando la ópera prima de los incas,  erigida con un exacto empleo de la tecnología, a través de la cual levantaron supremas edificaciones.

Algunas investigaciones sugieren que Machu Picchu habría sido una especie de palacio privado, no obstante, algunas de sus mejores construcciones y el evidente carácter ceremonial de la principal ruta de acceso a la ciudad, testifican que también fue un santuario religioso.

Tras recorrer y admirar cada rincón de estos vestigios sagrados, incluyendo la Puerta del Sol y el Puente Inca, reconocí que esta obra maestra de la arquitectura e ingeniería sobrepasó mis expectativas.

Continué mi espectacular peregrinaje sudamericano rodando 600 kilómetros más, esta vez hacia las Líneas de Nazca. En el camino, Bill, mi amigo australiano, atropelló a un perro, accidente que provocó que perdiera el control, aterrizando en el asfalto.

Sin consecuencias que lamentar, salvo un volante doblado y una luz rota, pernoctamos en Puquio, capital de la provincia de Lucanas, donde compartimos con Renato, un motero brasilero y su dos compañeros. El frío clima de neblina comenzó a ser desplazado por un intenso calor. Después de varias semanas a más de tres mil metros sobre el nivel del mar, es muy agradable descender a una altura en la que el oxígeno no escasea.

Al llegar a Nazca nos dispusimos a gestionar el sobrevuelo por estas enigmáticas formaciones, pagando 40 dólares por un viaje de 35 minutos.

Estos fabulosos trazos que conforman impresionantes figuras geométricas, se extienden en el desierto de las Pampas de Jumana, pasmando hasta al más escéptico. 

Lo que más me atrajo de estos grandiosos dibujos es que no existe una teoría única que los sustente, atribuyéndose su ejecución a extraterrestres o también a ritos chamánicos, siendo la más cercana a la realidad la que establece que fueron obra de la extraordinaria inteligencia de algunas culturas preincaicas como la nasquence, cuyos integrantes marcaron las diversas fechas del calendario astronómico.

Para completar mi visita a Nazca asistí al Cementerio de Chauchilla y los Acueductos, que fueron construidos hace más de mil 500 años y aún funcionan, surtiendo de agua a la ciudad.

A pocos kilómetros de abandonar Nazca, percibí un ruido extraño en la moto; pensé que provenía de las válvulas, por lo que me detuve en la población de Ica para revisarla. El aceite estaba en buenas condiciones y como el sonido no me parecía tan grave decidí continuar mi viaje, no sin antes admirar el oasis anclado en esta antigua ciudad, rodeado de sinuosas dunas, elevadas palmeras y refrescantes lagunas…todo un escenario inesperado para mí.

Proseguí rumbo a Lima, bordeando al Océano Pacífico por una interesante ruta que, en ocasiones, era flanqueada por extensas zonas áridas. Sin embargo, el ruido sostenido de mi moto no me permitió disfrutar del trayecto tanto como hubiera querido.

Al día siguiente de llegar a la capital peruana y, previa consulta  telefónica con mi mecánico en Caracas, llevé la moto a un taller. Mientras la revisaban, realicé el tour turístico de rigor por la otrora “Ciudad de los Reyes”.  Así conocí la extraordinaria catedral barroca de San Francisco y el complejo de catacumbas que se extiende bajo este templo, además del resto del Casco Histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. También recorrí algunas playas, plazas y centros nocturnos en los que coroné la diversión a punta de sorbos de caipiriñas y pisco.

Después de tres días de espera por la moto, la cual no pudo ser reparada, y seguro que podría rodar sin problemas hasta un agente autorizado BMW en Quito, Ecuador, abandoné Lima camino hacia el norte de país, en búsqueda de cálidas playas.

Haber salido tarde causó que sólo dispusiera de tiempo para llegar hasta la cercana localidad de Huacho, donde pernocté. Luego, rodé hasta la población y balneario de Huanchaco, cerca de la Ciudad de Trujillo, donde me di mi primer chapuzón en las frías aguas del Océano Pacífico, cuya temperatura difiere algo de mi gusto. 

Fue reconfortante descansar en un pueblo apacible como éste, reconocido además por estar anclado muy próximo a importantes predios arqueológicos como las ruinas del Chan Chan, antigua capital del reino Chimú.

También conocí el valle Moche, donde reposan los vestigios de este centro urbano prehispánico, evocando un complejo arquitectónico de ciudadelas, con sus plazas viviendas, depósitos, talleres, calles, murallas, templos piramidales  y laberintos constituidos totalmente con barro.

La recomendación de un turista italiano que conocí en Machu Pichu, me condujo a mi siguiente destino, Máncora. Después de recorrer más de 600 kilómetros y, alcanzar 25 mil kilómetros de viaje, arribé a esta sensacional playa de aguas templadas, muy solicitada por surfistas.

A lo largo de este extenso balneario, se asientan numerosos kioscos de ventas de comida en los que el ceviche es el gran protagonista. Igualmente, se emplazan diversos alojamientos para turistas. Definitivamente, un excelente final para mí recorrido en tierras peruanas.