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Bolivia

El Paso Ollague es un pueblo fronterizo  entre Chile y  Bolivia y, el lugar donde pernocté el 19 de febrero. Para llegar hasta allí desde San Pedro de Atacama, cruce un camino que estaba divido en 130 kilómetros de asfalto y 170 kilómetros del más variado ripio, arena y piedras, a más de cuatro mil metros de altura. Fue un trayecto excelente, en el que estuve flanqueado por salares, coloridos volcanes y diáfanas lagunas, dentro de un clima excelente.

Cuando llegué a Ollague,  tuve la impresión de que me adentraba en un pueblo fantasma con trenes abandonados, calles desoladas, letreros oxidados, negocios cerrados, casas abandonadas y una temperatura muy fría. Dormí en el único hotel que creo existe en la localidad.

Los trámites aduanales se sucedieron sin contratiempo. Como ya es costumbre, me hicieron algunas advertencias relacionadas a la inseguridad en el nuevo país que visitaba.

Uyuni fue la ciudad en la que pasé mi primera noche en Bolivia, a unos 220 kilómetros de distancia de la frontera, caracterizados por ser una vía del más diverso ripio. Por erróneas informaciones que obtuve en la carretera, llegué antes de lo esperado.

Pronto divisé numerosas camionetas rústicas  al servicio de la actividad turística, que subsiste de los prodigios naturales que circundan a esta ciudad, como el Salar de Uyuni, la concentración de sal más vasta del planeta.

Las precipitaciones acontecidas antes de mi llegada, hicieron que el salar yaciera bajo agua, lo cual imposibilitó transitarlo en moto. De allí, que decidiera tomar un tour de tres días con el que recorrí toda la región. Me pareció económico el costo del paseo, pues cancelé  65 dólares,  precio que incluyó además del transporte, todas las comidas y el alojamiento de dos noches. Realmente,  Bolivia es un país muy económico. Por otro lado, el combustible cuesta la mitad de lo que importa en Chile. 

El Salar de Uyuni es un asombroso desierto blanco de 10 mil 500 kilómetros cuadrados. En sus alrededores al sur de Bolivia, se yerguen portentosos parajes inventados por la madre tierra, como las fascinantes lagunas de colores, extravagantes formas rocosas, diversidad de animales y pozos de vapor además de algunas poblaciones. En este solemne lugar, la explotación de sal es exclusiva de los habitantes de un pequeño caserío llamado Colchani.

Tuve la ocasión de conocer el Hotel de Sal, cuyas paredes están levantadas con bloques de sal, y el Cementerio de Trenes, ya en las afueras de Uyuni. Posteriormente, nos dirigimos a una aldea llamada Culpina K, donde nos alojamos.

Al día siguiente, asistimos a la Laguna Hedionda, bautizada de esta manera por el penetrante olor que produce el azufre contenido en sus aguas, en las que se posan elegantes flamencos, escoltados por sorprendentes volcanes nevados.

Por largo tiempo rodamos por el interminable desierto, antes de llegar al famoso Árbol de Piedra, un conjunto de surrealistas formaciones rocosas cuya evolución y constitución se deben a la erosión eólica.

Finalizamos la jornada con broche de oro, arribando a la pasmosa y variopinta Laguna Colorada, repleta de flamencos, rebaños de llamas y circundada por imponentes montañas, atractivos que configuran a este escenario como una verídica representación del paraíso. 

Allí pasamos nuestra segunda noche. El descanso se prolongó hasta un poco antes de las cinco de la mañana, hora en que partimos hacia unos géiseres, los cuales registré en mi memoria dentro de la carpeta de archivos imborrables. A diferencia de los géiseres del Tatio en Chile, sus fumarolas están en actividad ininterrumpida. 

Alrededor de las siete de la mañana, llegamos a unas aguas termales en las que tomé un muy reconfortante baño a casi cuatro mil metros sobre el nivel del mar, mientras preparaban el desayuno a todos los turistas. No me resultó difícil introducirme en estas cálidas aguas, como sí lo fue escabullirme de éstas, pues la fría brisa soplaba sin cesar.

Después de asistir a este spa natural, continuamos hacia la Laguna Verde, que ostenta un fastuoso color esmeralda, gracias al alto contenido de magnesio que poseen las formaciones geológicas del área. Esta extraordinaria tonalidad y el reflejo del volcán Lincancabur en los dos cuerpos acuosos de la laguna, me dejaron sin palabras.

Después de contemplar este escenario, desafortunadamente, por breve tiempo, continuamos hacia la frontera con Chile, donde mis compañeros de tour, un grupo de jóvenes evangélicos, prosiguieron su camino hacia el centro de ese país.

A las siete de la noche del último día estábamos de vuelta en Uyuni, tras 14 horas de recorrido que me dejaron bastante agotado, pero con el ánimo incólume para rodar durante la siguiente jornada hasta mi próxima meta, Potosí, una población rebosante de riqueza histórica.

Al encontrarme en esta ciudad, recordé la frase que aparece en un capítulo del libro de Eduardo Galeano, Las Venas Abiertas de América Latina… “la pobreza del hombre como resultado de la riqueza de la tierra”. Sin lugar a dudas, esta afirmación se aplica a esta ciudad, otrora urbe más grande y próspera del continente, la cual llegó a acoger a más 160.000 habitantes en  el año 1650.  Desventuradamente, hoy en día es una de las ciudades más pobres del país boliviano.

De su glorioso pasado, fundamentado en la riqueza que prodigaron las minas de plata que se sitúan en Cerro Rico, perduran sólo  el recuerdo y el trágico saldo de más de ocho millones de muertos, en su mayoría indígenas, que perecieron en estos yacimientos como saldo de la explotación.

Sin deseos de conocer las minas, recorrí las calles de Potosí en las que el tránsito de peatones es más complicado que el de vehículos en mi querida Caracas. Como la mayoría de los turistas visité La Casa de la Moneda, el museo más grande de Bolivia en la actualidad, donde se acuñaba el dinero de plata para los españoles durante el siglo XVIII.

Fue impresionante para mí ver las prensas de madera que denotaban el forzado y artesanal trabajo manual que suponía fabricar las monedas.  Paradójicamente,  este tipo de dinero boliviano hoy día se elabora en España.

Potosí ostenta ser la ciudad más alta del mundo, condición que varias ocasiones me provocó falta de oxígeno, lo cual me generó un profundo cansancio hasta para dormir.

Debido a múltiples recomendaciones de camino y  el estarse celebrando una tradicional fiesta mi próxima meta a conquistar fue la ciudad de Oruro, capital folclórica de Bolivia y del departamento del mismo nombre, donde se estaba aconteciendo su famoso carnaval, que data más de 200 años. En 2001, la UNESCO lo declaró Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad

Una de las danzas más esperadas que animan los coloridos desfiles es la Diablada, en la que se representa un aguerrido combate entre el bien y el mal, del cual a mi juicio, resulta victorioso el segundo, pues cuando culminó la noche, desafortunadamente, el pueblo lucía terrible, repleto de basura y borrachos apostados en todas las esquinas. Confieso que este tipo de celebraciones no son mis preferidas, por lo que decidí permanecer en Oruro un solo día.

Continué mi viaje a la capital boliviana, La Paz, un sustantivo contradictorio considerando que cuando llegué me encontré con el gran alboroto del carnaval. Estaba más tenso manejando en las calles del centro de esta ciudad, que en el peor de los ripios.

Durante los pocos días que permanecí en esta altísima urbe, hurgué en el pasmoso mercado de Las Brujas, en cuyos escaparates se exhiben impactantes fetos de llamas y  brebajes capaces de remediar cualquier tipo de mal, entre otras clases de mercancías como artesanías y souvenirs.

También conocí el Museo de la Coca, un espacio consagrado a reivindicar el uso benéfico y sacro de la hoja de coca, deslastrándola de su empleo como materia prima para la fabricación de cocaína.

Además, recorrí la más importante zona arqueológica boliviana, Tiahuanacu, una antigua ciudad sagrada donde se desarrolló una civilización que existió 600 años antes de Cristo, cuyos restos se perpetúan para inmortalizarla.  Este magnánimo emplazamiento ampara excelsas obras fugadas del talento de los hombres de esta cultura preincaica como La Puerta del Sol, la cual es la mayor muestra del grado de perfección que alcanzaron los habitantes de Tiahuanacu, tanto por el arte como por la simbología que resguardan sus bajo relieves aludiendo a un calendario. También ampara los incólumes monolitos Bennet, Ponce y el Fraile; el museo arqueológico y la pirámide Akapana, parcialmente destruida por los españoles, quienes creyeron que en su interior se hallaban tesoros escondidos…la misma historia de dominación y saqueos se repite una y otra vez. 

Haber permanecido varios días en una gran ciudad, acrecentó mis ganas por rodar a un extraordinario lugar natural, del cual estaba distanciado 200 kilómetros: Titicaca, el lago navegable más elevado del mundo.

En la vía fui sometido a mi primera prueba de manejo con granizo, me trasladé en chalana en la localidad de Tiquina y, posteriormente, arribé a la población de Copacabana, desde donde parten los botes que navegan por el lago.

Este último pueblo me sorprendió por su gran cantidad de alojamientos. Afortunadamente, asistí en temporada baja, resultándome un lugar muy apacible, con una oferta económica de servicios.

La travesía por el Titicaca, cuyas aguas están compartidas con la nación peruana, incluyó la estadía por un día en la Isla del Sol, un antiguo santuario inca que en la actualidad, está habitado mayormente por indígenas de origen quechua y aymara, quienes subsisten de la artesanía, el turismo y el pastoreo. Cuenta una leyenda que Manco Kapac y Mama Ojillo, hijo e hija del dios Sol Inti, fueron enviados a la tierra a fundar el Imperio Inca desde esta formación insular.

Los paisajes que recorrí durante cinco horas en la isla, su extraordinario atardecer y su analgésica tranquilidad, siguen intactos en mi memoria.