SuramericaRuta, Galerias y Bitacoras

Chile por el desierto

Después del descanso nocturno, Bill y yo nos dispusimos a regresar a Chile por el Paso de Jama, a 4 mil 400 metros de altitud.  El escenario recorrido estuvo dibujado por un cielo totalmente despejado y un frío tolerable.

Luego de las gestiones de rigor en la aduana argentina, me advirtieron que fuera precavido en la carretera, porque había llovido a cántaros la noche anterior y, probablemente, me toparía con nieve en la vía.

Por primera vez en mi vida, conduje con hielo en el asfalto.  En algunos tramos, la única ruta que podíamos seguir era la huella que dejaba algún camión. A pesar de este contratiempo, se hizo relativamente sencillo el manejo durante el cual, siempre fuimos acompañados por paisajes memorables, salpicados de volcanes, elevaciones y lagos.

Llegamos a San Pedro de Atacama, un pueblo anclado en medio del desierto de la Segunda Región de Chile. Con intensa actividad turística, esta modesta localidad está custodiada por el  volcán Licancabur y desde allí salen paseos a escenarios tan espectaculares como los Géiseres del Tatio, el Valle de la Luna y el Valle de la Muerte. Fueron estas tres maravillas de la madre tierra el motivo por el cual decidí volver a Chile, esta vez por el norte.

Teníamos planeado pasar sólo tres días en esta zona, pero la naturaleza no estaba de acuerdo con nuestro cronograma de viaje, ya que durante el siguiente par de días  ocurrió un fenómeno que sucede ocasionalmente en estos parajes: llovió. La intensidad  de las precipitaciones generó una tormenta que nos imposibilitó, momentáneamente, visitar los destinos previstos.

Nuestra primera parada fue las Ruinas de Pukará de Quitor, otro importante territorio de  resistencia indígena que data más de 700 años. A continuación, visitamos el Valle de la Luna,  un  extraordinario paraje que evoca la superficie lunar en cada una de sus interesantes e inverosímiles formaciones de piedra y arena, producto de la erosión e inundaciones, exhibiendo además, blanquecinas minas de sal. Sus hechizantes y cambiantes colores al atardecer no se borrarán de mi memoria.

Mientras esperábamos a que abrieran el acceso a los Géiseres del Tatio, aproveché la oportunidad de conocer algunos sitios cercanos e igualmente interesantes,  como las Termas de Puritana,  conformada por varios reconfortantes pozos de agua a 33 grados centígrados, situados a tres mil metros de altura, además de la Laguna Sejar, cuyas aguas concentran altos niveles de sal, condición que hace imposible hundirse en este líquido de un hermoso azul turquesa, haciéndolo lucir como un auténtico oasis en pleno desierto.

En la misma ruta  conocí el desolado Salar de Atacama, el más extenso de la nación chilena con más de 100 kilómetros de largo por 80 de ancho, con sus lagunas siempre visitadas por esbeltos flamingos. 

Finalmente,  después de tres días de espera abrieron el camino hacia los Géiseres  del Tatio. Debido a que quedan a 90 kilómetros de San Pedro de Atacama, a que la carretera es muy mala y a que hay que partir a las cuatro de la mañana porque las fumarolas sólo se pueden ver al amanecer,  tomé un tour  para recorrerlos. Además, pronto verifiqué que no ir en moto al campo geotérmico más grande del mundo había sido la decisión correcta, ya que la temperatura era de menos seis grados.

Como si en sus entrañas albergaran un reloj,  con los primeros rayos del sol se iniciaron las fumarolas de estás fuentes termales, unas impresionantes columnas de vapor de agua que dejan perplejo a quienes las observan. Las deslumbrantes luces del amanecer enfocan el vapor produciendo un caleidoscopio que deja entrever diversos tonos de  violetas, azules, rojos y naranjas.

Culminé mi tránsito por Chile visitando el Valle de la Muerte,  enclavado en la Cordillera de la Sal. Es un valle montañoso y arenoso configurado por extensos laberintos de rocas, asombrosas formaciones y dunas en las que se practica sandboarding, paseos a caballo y caminatas.

No pude completar el recorrido en la moto porque la gran cantidad de arena apostada en la ruta impedía mi marcha, así que caminé un largo rato, lo cual fue excelente para que cayera rendido a tempranas horas de la noche y así descansara, a fin de conquistar, en la jornada siguiente, un nuevo país, Bolivia.