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Adios Argentina

Cuando conseguimos alojamiento en Santiago, nos dimos cuenta de la ausencia de un tornillo en la pata de apoyo de la moto de Bill, lo que imposibilitaba usarla y encenderla.

Nos comunicamos con la BMW local y concertamos, con el servicio de atención de 24 horas, la asistencia de los técnicos para que socorrieran la moto. Puntualmente, a las ocho de la mañana llegó la camioneta de servicio, solventando el problema por tiempo limitado, ya que el tornillo no lo tenían en stock.

Decidimos entonces visitar el centro de Santiago. El mercado de pescados y mariscos me sorprendió por los atractivos colores de los productos marítimos y sus variedades. Fue aquí donde tuve la oportunidad de degustar erizos de agradable y peculiar sabor. A pesar de ser un mercado de alimentos, no escapaba a la curiosidad de los turistas quienes, junto a los locales, disfrutaban del lugar.

Posteriormente, nos paseamos por la ciudad, cumpliendo el tradicional itinerario, observando formidables edificios, oficinas de gobierno, culturales, comerciales, entre otras edificaciones. Confieso que durante mi periplo sudamericano, no me atrajeron en demasía las grandes ciudades, donde sus habitantes tienden a ser más fríos, tal vez por el acelerado ritmo de vida que llevan. 

En la jornada siguiente nos alistamos para conocer Viña del Mar y Valparaíso. En las cercanías de Viña, nos aguardaban Pedro y Matías, unos compatriotas que me contactaron a través de mi página web, www.aventura2.com.

Amablemente nos dieron un tour por la histórica Valparaíso, ciudad en la que sus habitantes ascienden a las colinas a través de ascensores. Dispensa un gran puerto y exhibe una arquitectura colonial entrelazada con estilos europeos no hispanos, que le confieren una personalidad única a la población, tanto, que su caso histórico fue declarado Patrimonio de la Humanidad.

Continuamos nuestro trajinar por Viña del Mar, una urbe distinta en la que el turismo masivo salta a la vista. La cercanía con la capital del país, sus 13 playas y la localización de diversos centros de entretenimiento como uno de los más importantes casinos de esta nación y, el ser sede del anual Festival de Internacional de la Canción de Viña del Mar, le confieren el calificativo de “Capital Turística de Chile”. 

Nuestros anfitriones y toda su familia, nos sorprendieron al final de la tarde con un asado en su casa, atendiéndonos de una manera tan gentil, que pernoctamos allí esa noche.

De vuelta en Santiago, conseguimos a un motoquero que distribuía cauchos y accesorios Touratech, una firma de implementos para BMW. Con él acordamos vernos en la mañana siguiente, para adquirir nuevos neumáticos.

Luego del cambio, enfilamos nuestras motos hacia la provincia argentina de Mendoza, atravesando una ruta inmejorable, bordeada por regios escenarios montañosos con cuantiosas curvas de ascenso que en tan sólo un tramo, superaron las 30.

A pesar que la gestión aduanal no fue tan expedita, como había sucedido en otras oportunidades durante mi viaje, no se presentaron complicaciones.

Ya en suelo argentino, la cercanía de la noche nos obligó a Bill y a mí a pernoctar antes de llegar a Mendoza, en Uspallata. No logro imaginar cómo luce en invierno la vía hacia esta localidad, pero sé que el haberla transitado en verano significó para mí atesorar hermosas imágenes de coloridos cerros surcados por túneles, de impolutos ríos, del magnánimo Cerro Aconcagua, con sus casi siete mil metros de altura que lo convierten en el más alto de América y, del Puente del Inca, una formación rocosa que forma una vía natural sobre el río Las Cuevas.

Después de una noche de merecido descanso y tras dos horas de recorrido, llegamos a la ciudad de Mendoza, un centro turístico que recibe a sus visitantes con los brazos extendidos en sus amplias calles arboladas, las cuales enlazan a importantes museos y monumentos históricos, además de centros comerciales, teatros, cines, discotecas y una importante infraestructura hotelera.

En sus extensas áreas vitivinícolas se emplazan cuantiosas bodegas, donde se producen finos vinos de excelente calidad, los cuales son degustados en todo el mundo. Además, su cercanía a la cordillera de los Andes la convierte en un destino excelente para el turismo aventura.

Al tocar suelo mendocino conocimos a Humberto, un motero local quien también cruzaba carreteras abordo de una BMW. Pronto le preguntamos dónde se ubicaba el concesionario de esta marca alemana, porque nuestras motos requerían servicio por kilometraje.

Una vez más, la amabilidad fue la tarjeta de presentación de nuestro anfitrión, quien nos condujo hasta el lugar indicado y además, nos ubicó un hotel. Lamentablemente, el mecánico estaba de vacaciones  y no volvía hasta cinco días después. De allí que decidiéramos hacer el servicio en Córdoba.

En la ciudad de Mendoza, tuve la magnífica ocasión de recorrer las bodegas Chandon y Terrazas - del mismo grupo francés Moët Chandon-, guiado por nuestro nuevo compañero.

Muy interesante me pareció nuestro recorrido por este fantástico santuario al dios Baco, pero también peligroso cuando se hace sobre dos ruedas, después de tanta degustación vinícola…

La jornada culminó con la generosa invitación de Humberto a su casa, donde, junto a su familia, saboreamos un espectacular asado. Es pasmosa la energía de este hombre quien a sus 73 años, continúa viajando en moto no sólo en su natal Argentina, sino también en predios europeos. 

Llegué a Córdoba en dos días, haciendo una parada en el pueblo turístico de Mina Clavero. Al día siguiente, continué por una carretera de montaña que se elevaba a 2.200 metros.

Al iniciar el ascenso, nos cubrió una espesa neblina que impedía divisar cualquier cosa que se encontrara a más de 10 metros de distancia.  A pesar de este inconveniente, fue una carretera muy agradable, la cual, a través de sus numerosas curvas, presentó pintorescos pueblos y nos condujo a Córdoba, una gran metrópoli.

En cuanto llegamos a esta localidad, acudimos al concesionario BMW para que le practicaran el servicio de los 20 mil kilómetros a nuestros medios de transporte, pero la gran confluencia de motorizados obligó al taller a posponer el mantenimiento hasta dos días.

Mientras esperábamos que se hiciera el mantenimiento a las motocicletas, recorrimos el centro de esta urbe con sus múltiples iglesias, algunas colindantes con edificaciones reconocidas como patrimonio cultural de la humanidad por la UNESCO.

Pasar tantos días en una sola ciudad resultó complejo para mí, ¡el viaje me ha vuelto adicto a rodar!. Apenas nos entregaron las moto, salí a las 10 de la mañana camino a la Provincia de San Juan, específicamente a Valle Fértil, una pequeña localidad muy próxima al Valle de la Luna y al Parque Provincial Talampaya,  los destinos planeados para visitar el siguiente día.

En la noche de mi llegada a Valle Fértil, tuve la fortuna de ser invitado por un grupo de locales, quienes prepararon un delicioso asado, acompañado con fernet con Coca Cola, un licor más arraigado a la provincia de Córdoba que a los predios sanjuaninos. El fernet es una amarga bebida, elaborada a partir de diversas clases de hierbas, que son maceradas en alcohol de uvas, filtradas y añejadas en toneles de roble durante un período de seis a 12 meses.

Alrededor de las tres de la madrugada, un poco alegre por este intenso elixir, fui hasta mi habitación escoltado por una tenue llovizna. Al levantarme, me percaté que la lluvia era mucho más copiosa que durante la madrugada, así que aguardé un poco y salí cuando el aguacero había amainado.

Enrumbé mi moto hacia el Parque Provincial Ischigualasto, también conocido como El Valle de la Luna. Enclavado en una región que hace millones de años fue un lago con abundante vegetación y  vida de diferentes especies de vertebrados, este parque hoy exhibe un  clima desértico, con pocas precipitaciones, las cuales, sin embargo, se hicieron presente durante mi visita a este extraordinario lugar.

Cuando logré alcanzar el tour, que se realiza en los vehículos de cada turista, estaba en el segundo punto de parada bajo la lluvia que amenazaba con prolongarse.  Luego de cinco minutos, llegó un guía quien nos notificó que era imposible continuar el periplo debido al chaparrón.

Esperé por más de dos horas a que cambiara el panorama, pero no fue así,  por lo que continué mi recorrido al Parque Provincial Talampaya, el cual exhibe fuertes contrastes orográficos, entre los cuales resaltan pasmosos murallones de inmutable piedra roja, quebradas, pinturas rupestres y caprichosas formas moldeadas por el viento y otros agentes erosivos.

Al llegar al parque, esperé un poco antes de hacer el tour de tres horas por el cañón principal, en el cual quedé estupefacto mirando muros de más 140 metros de altura, cuyas constituciones dispararon mi imaginación, en el intento de hallarles formas conocidas.

Ese día, pernocté en el apacible pueblo de Villa Unión, donde me reencontré con mi amigo australiano Bill.

Incierta era nuestra siguiente parada, la cual fuimos a descubrir en compañía de dos  porteños que conocimos la noche anterior. Uno de ellos transitaba el país sobre una Suzuki DR 800, y el otro rodaba en una Yamaha Virago.

Los cuatro partimos rumbo a la Cuesta de Miranda, una carretera de aproximadamente 70 kilómetros de ripio y rojas montañas. Durante el trayecto a la ciudad de Belén, donde pernoctamos, nos detuvimos a tomar un refrescante baño en un solitario río en medio de la nada

La diferencia en los ritmos de manejo nos obligó a separarnos de los bonaerenses a la mañana siguiente. El trayecto de esa jornada fue muy dinámico, pues incluyó caminos de ripio, lagos, ríos, lluvia, infinitas carreteras y,  visitas a zonas henchidas de historia y virtudes naturales, como las Ruinas de Quilmes,  donde los indígenas de la etnia homónima opusieron una férrea resistencia a los colonizadores españoles. También divisamos extensos viñedos que rodean a la ciudad de Cafayate, surrealistas paisajes y espectaculares valles, finalizando la jornada en la localidad de Salta.

La vía hacia San Salvador de Jujuy la hicimos por La Cornisa, una ruta muy angosta de montaña, ataviada con una asombrosa y hermosa vegetación, para luego adentrarnos en una carretera similar a las que comunican los poblados merideños, en la que nos afectó el frío y la presión por la altura, que alcanzó los 4 mil 170 metros. Por sugerencias de lugareños, consumimos hojas de coca en aras de evitar el mal de páramo.

En nuestra excelente trayectoria, Bill y yo conocimos interesantes localidades como Purmamarca, la cual ampara un popular mercado y el famoso cerro de Siete Colores. Al llegar a unas salinas cercanas, me percaté que había completado los primeros 20 mil kilómetros de viaje, a los dos meses y siete días de mi partida.

Mi última noche en Argentina la pasé en el pequeño pueblo de Susques, la localidad más alta de este país, situada al oeste de la provincia de Jujuy. El marrón colorea a esta población repleta de casas de adobe. En ésta se sitúa el último surtidor de gasolina, hasta San Pedro de Atacama en Chile, a unos 280 kilómetros de distancia.