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Puro Sur

El 11 de enero retorné a Chile para conocer el Parque Nacional Torres del Paine, emplazado en la XII Región entre el macizo de la Cordillera de Los Andes y la Estepa Patagónica, en la provincia de Última Esperanza.

Recorrí 90 kilómetros de carreteras de ripio para llegar a su entrada, en la que tuve que pagar  el equivalente a 60 mil bolívares en pesos, algo que me sorprendió a pesar de que me habían advertido que éste era un país costoso. 

Los paisajes que se extienden a lo largo de 181 mil hectáreas, seducen a cualquiera. De un plumazo, esta majestuosa escenografía natural  suprimió  de mi mente lo que había cancelado por estar en este extraordinario lugar. Las enormes montañas nevadas con vértices de variopintos colores, los gélidos témpanos flotando sobre los lagos y los ríos coloreados de un radiante turquesa, me dejaron atónito.

Al despuntar el día siguiente, partí hacia Argentina para conocer otro punto listado en mi agenda de viaje, El Calafate, la puerta de entrada al maravilloso Parque Nacional Los Glaciares, el cual alberga al mundialmente conocido glaciar Perito Moreno, situado a 80 kilómetros de distancia. Al coloso de hielo asistí con Bill, el australiano que me reencontré en un bar de la ciudad.  Carlo se había quedado en Ushuaia.

No es sencillo tratar de narrar la experiencia que viví al estar tan próximo al glaciar. No olvidaré el sonido del hielo quebrándose y deslizándose hacia el agua, rompiendo un solemne silencio. Perdí de vista las dimensiones de esta enorme masa de hielo que destellaba vívidos colores, una belleza tal que sentía que no podría registrarla completa en fotografía o video.

Luego de contemplar este fabuloso portento natural, Bill y yo nos despedimos con una lluvia que nos advirtió de un complicado retorno, por lo menos en los primeros 25 kilómetros aderezados con ripio regular, algunos huecos y desniveles antes de rodar en asfalto.  Durante el resto del día, estuvimos muy ensimismados, la enormidad y perfección de lo que habíamos visto nos dejó absortos.

Dejamos El Calafate y encendimos los motores para trasladarnos a la localidad de Puerto San Julián, situada en el litoral atlántico de la provincia de Santa Cruz. En principio, anduvimos por 200 kilómetros de ripio casi en su totalidad en muy buen estado.  La constante vibración a la cual fue expuesta mi moto,  provocó que se fracturara una base de mi maleta, la cual pude reparar en nuestra ciudad destino.

La saliuda de San Julián estuvo nublado y mojado por una breve llovizna…pero teníamos que continuar rodando. Pronto, nuestro viaje se convirtió en una pesadilla al acrecentarse el aguacero y desde luego, las bajas temperaturas nos helaron los huesos. Por si fuera poco, el fuerte viento complicaba nuestras circunstancias haciendo eterno cada kilómetro. Apenas pudimos avanzar 350 en seis horas.

Después de pasar la noche en Caleta Olivia, despertamos estando como en otra película. El cielo lucía radiante y despejado, oportunidad que no dejamos pasar para llegar hasta Esquel, la mayor ciudad cordillerana de la provincia argentina del Chubut, en la que palpita una incesante actividad turística, sustentada, principalmente, en su centro de esquí en La Hoya y en el Parque Nacional Los Alerces.

En la oficina de turismo nos dijeron que no había alojamiento disponible porque el pueblo estaba repleto de visitantes. No obstante, conseguimos una excelente alternativa, el Hotel Argentino, cuya estupenda decoración recreaba los espacios de un museo. Además, albergaba un acogedor bar muy concurrido por los locales.

El 17 de enero llegamos al Parque Nacional Los Alerces. Optamos por recorrerlo en un tour, una forma de trasladarme diferente pero muy divertida, que me permitió descansar del manejo sobre dos ruedas.

El circuito incluyó navegación en barco por cinco horas en un hermoso lago, durante el cual contemplé soberbias montañas y un pequeño glaciar. El periplo se extendió con una caminata de dos horas, sumergidos en el bosque de alerces, engalanado con su árbol estrella, un ejemplar de más de 2.600 años.

Al amanecer, por recomendaciones de varias personas, nos dirigimos hacia El Bolson, un pequeño pueblo muy próximo y también concurrido por turistas. Nos alojamos en un dormitorio de familia, el cual ofrecen cuando los hoteles están abarrotados. Fue extraño dormir cercado por muñecas y fotografías de artistas juveniles.

Tuvimos la fortuna de llegar en plena feria, razón por la cual la plaza principal estaba atestada de gente que disfrutaba de músicos y artesanos, entre otras atracciones.

No en vano, nos preocupaba encontrar hospedaje en nuestro siguiente destino, un sitio turístico de fama internacional: Bariloche. Después de visitar la oficina de turismo y tocar numerosas puertas, en esta población emplazada en el centro del Parque Nacional Nahuel Huapi, ubicamos un lugar donde pernoctar.

Basta una sola mirada a su infraestructura hotelera y usar alguno de sus servicios, para darse cuenta que en San Carlos de Bariloche el turismo es la principal actividad económica.

Tuve la oportunidad de recorrer los más importantes y majestuosos paisajes de Bariloche y sus suntuosos alojamientos, además de presenciar la simbólica partida del Rally Norpatagónico, una competencia en la que motos y vehículos rústicos ruedan ocho días a campo traviesa.

El 22 de enero, a primera hora del día, partimos para desplazarnos por una de las rutas más ansiadas por mí, la Carretera de los Siete Lagos, una excursión muy popular, pues une en su trayecto no sólo siete reservas de agua, sino a dos de los parques nacionales más hermosos de la cordillera,  Lanín y Nahuel Huapi.

Transitamos por los pueblos de Villa La Angostura, San Martín de Los Andes y Junín de los Andes, conduciendo por kilómetros de asfalto y ripio, rodeados de inolvidables paisajes montañosos.

Junín de Los Andes fue la localidad escogida para pernoctar, muy cercana a la frontera chilena. Aquí conocimos la principal atracción turística del pueblo, el volcán Lanín, el cual da el nombre al parque nacional. Es una monumental elevación de tres mil 776 metros de altura, totalmente nevada y realmente impresionante ante mis ojos, que no se agotaban de admirar los milagros de la madre tierra.

Cruzamos la frontera por el paso Tromén sin contratiempos, rodeados de extraordinarios escenarios naturales. El trecho de la propia frontera, hasta las proximidades de Pucón, nuestro siguiente destino, fue de ripio con descensos muy pronunciados.

Pucón es una pequeña ciudad turística, en la que es muy común la práctica de actividades de aventura como el rafting y el trecking. Además, es muy popular por sus aguas termales, de las cuales nos beneficiamos al día siguiente de nuestra llegada, específicamente en Los Pozones, la cual dispensa una fabulosa infraestructura enteramente natural, que nos permitió relajarnos durante todo el día.

El 25 de enero lo apunté como otro de esos días inolvidables, pues a través de un tour hicimos el ascenso al volcán Villarrica, el más activo de Chile, que se encumbra dos mil 845 metros.

Durante las cuatro horas de ascenso, el tiempo estuvo inmejorablemente despejado. En el horizonte divisé varios volcanes, el pueblo de Pucón e incontables montañas.

La recompensa al llegar a la cima no se hizo esperar, el volcán estaba activo y pude observar las erupciones en vivo y directo, mientras el intenso olor a azufre y el sonido de las expulsiones, se apoderaban de mis sentidos.

Una grata sorpresa me llevé al momento del descenso, en el que disfruté como sólo se goza cuando se transita por la infancia. Nos colocamos unos atuendos especiales sobre nuestras ropas y descendimos al mejor estilo de tobogán por las empinadas cuestas. La alta velocidad que alcanzamos nos obligó a emplear un piolet como freno, una suerte de pico que se utiliza para escalar.

Abandonamos Pucón con el equipaje repleto de buenos recuerdos, para dirigirnos a la población costera de Penco, carente de restaurantes y provisto de varios letreros que indicaban las vías de escape, en el terrible caso de que ocurriera un tsunami.

Apenas llegamos a Chile, notamos el cambio del costo de la vida. Más de un dólar por litro tuvimos que pagar por la gasolina. Igualmente, el precio de los hoteles, alimentación, servicio de internet y peajes, se incrementaron en nuestra lista de gastos.

Tras circular por impecables autopistas, mientras nuestros cuerpos comenzaban a sentir el calor, el viernes 27 de enero arribamos a la capital chilena,  Santiago.