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Ushuaia, mas sur imposible

Pasadas las 10 de la mañana arribamos a la capital argentina, arropados de una emoción indescriptible. Habíamos llegado al país más sureño de nuestra aventura y sin ningún contratiempo.  

Nuevamente la cordialidad fue nuestra anfitriona, cuando una pareja de argentinos entrada en años, que estaba haciendo los trámites de ingreso al país, nos invitó a pasar la fiesta de Año Nuevo con su familia, oferta que lamentablemente tuvimos que rechazar, pues habíamos planeado pasar esta celebración con Ernesto, un venezolano que conocimos en Uruguay. 

La búsqueda de hospedaje se convirtió en un itinerario increíble, pues conocí extraordinarias obras urbanas, como la Avenida 9 de Julio con sus múltiples canales, el impactante Obelisco y el contraste arquitectónico entre lo antiguo y lo moderno. Ernesto nos recomendó alojarnos con él en un hotel céntrico y algo económico, culminando así nuestro primer día en la ciudad bonaerense. 

El 31 de diciembre de 2005 me pareció algo extraño, pues estaba muy emocionado por lo que había conocido y lo que me faltaba por descubrir, pero, simultáneamente, me invadía la nostalgia por estar tan distanciado de mi familia. 

Ese día, fuimos a un taller de motos para efectuar el cambio de aceite y lavar nuestros nobles vehículos. Nos atendieron tan bien que, incluso, nos canjearon dólares a una muy buena tasa.  

Después del merecido mantenimiento de las motos, estábamos listos para realizar el tradicional itinerario local. La primera parada fue el exclusivo barrio de Puerto Madero, colmado de restaurantes al aire libre y locales comerciales. Continuamos por la histórica zona de Recoleta, repleta de tiendas lujosas. Finalmente, nos dirigimos a la avenida Florida, un boulevard muy transitado por turistas, colmado de negocios que visitar. 

Luego de un reparador descanso en el hotel, nos encontramos con Ernesto y su familia a las 11 de la noche para recibir el año nuevo. Gentilmente nuestro anfitrión nos convidó la cena y, naturalmente, como venezolanos que somos, encendimos la fiesta que llegó a su fin cerca de las dos de la mañana. 

Prolongué la parranda en un local nocturno, atiborrado de personas y buena música. Al salir, casi termino tras las rejas por conducir en sentido contrario en una de las avenidas principales.  

A pesar del escaso descanso, abandonamos Buenos Aires a las 11 de la mañana, con destino a la ciudad de Mar del Plata. El agotamiento provocado por la fiesta nos pasó factura, haciendo un poco pesado nuestro recorrido de 400 kilómetros, por una excelente carretera. La enorme cantidad de visitantes en playas tan extensas como las de este puerto turístico, me sorprendió a nuestra llegada.

Luego de pernoctar, recorrimos esta urbe considerada como el centro balneario más importante de la nación albiceleste,  en la que es muy popular no sólo el turismo de playa, sino el deportivo, ecológico, aventurero, pesquero y cultural.

Tras separarme de Richard, quien continuó su periplo por otros caminos y con quien continué en comunicación, partí rumbo a Bahía Blanca, emplazada sobre el límite de la Pampa, donde comienzan a verse las ondulaciones de los médanos que anuncian el norte de la Patagonia. 

Dejé Bahía Blanca rumbo a dos parajes capitales en mi viaje, Puerto Madryn y la Península de Valdés. La primera población, considerada como la capital del buceo nacional en Argentina, está situada en la costa este de la provincia de Chubut, a orillas del Golfo Nuevo. En ella converge una gran diversidad de servicios turísticos como balnearios y prácticas de actividades náuticas.  

Es también la puerta de acceso a la Península de Valdés, declarada Patrimonio Natural de la Humanidad, por su rica fauna. Esta estrecha franja de apenas 35 kilómetros de largo, salvaguarda las salinas más profundas de Sudamérica.  

Allí visité Puerto Pirámides, el poblado más estable de la península, el cual recibe a miles de turistas por año para mostrar su monumento natural más importante: la ballena franca austral.  

También transité por las reservas de Punta Pirámides, Caleta Valdés y la Punta Norte, donde admiré, por primera vez y en su hábitat natural, pingüinos de Magallanes, lobos y elefantes marinos, numerosas aves y ballenas alimentándose… Un paisaje único e inenarrable.  

La carretera para recorrer gran parte de la Península era de ripio, (aproximadamente 220 kilómetros), ideal para la clase de moto doble propósito que conduzco.

Por estos parajes conocí a Bill y a Grant, dos australianos que tienen seis meses rodando desde Los Ángeles, California, y que se unieron a mi recorrido en sus BMW 1150 Adventure.  

Tenía previsto arribar el cinco de enero a Caleta Olivia, una pequeña ciudad petrolera que funge de entrada a la provincia de Santa Cruz en la Patagonia argentina. 

Nuestra marcha se dificultó por los fuertes vientos que nos sacudían, en especial al adelantar camiones, pues los cambios resultaban violentos. Gracias a que estoy afiliado al Touring y Automóvil Club de Venezuela, fui acreedor en varia oportunidades de un descuento en el precio de la  gasolina, concedido por el Automóvil Club Argentino ACA, en algunas estaciones afiliadas.

 Después de abandonar Caleta Olivia, nos dirigimos al destino que tenía marcado en mi mapa para llegar el día de reyes, Río Gallegos, capital de Santa Cruz. 

El viento continuó escoltándonos durante extensas y desoladas carreteras, en las que empezamos a sentir el frío del sur. Apacibles paisajes como el de la ciudad Comandante Luis Piedra Buena, cuyas calles narran el pasado histórico de esta región, atrajeron mi atención, sobre todo por el intenso turquesa de las aguas del Río Santa Cruz, que atraviesa esta población.

Después de muchos kilómetros de recorrido llegamos buscando hotel en Río Gallegos, donde nos preparamos para continuar nuestro viaje.

Ushuaia fue la siguiente meta conquistada, donde me separé de Bill por algunos días. Me aguardaba la ciudad más austral del mundo, capital de la provincia de Tierra de Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, donde finaliza la carretera nacional argentina No.3. Para conocerla, tuvimos que entrar a Chile y navegar el Estrecho de Magallanes a bordo de un ferry durante media hora.

Luego de andar alrededor de 150 kilómetros por excelentes carreteras, llegamos a la frontera con Argentina, en San Sebastián. El frío arreció, pero dejó de afectarnos cuando contemplamos los paisajes y anduvimos por las espectaculares rutas de ascenso de montaña, que nos acompañaron desde Tolhuin, el último pueblo que avistamos.

El siete de enero en la noche, en medio de un tiempo soleado, alcanzamos nuestro objetivo. ¡Qué sensación!, ¡tantas fotos y documentales que vi!, ¡tantas historias que escuché sobre esta ciudad!, y esta vez yo era el protagonista de este cuento.  

Es tradición visitar en esta ciudad el monumental Parque Nacional Tierra del Fuego, a sólo 20 kilómetros de Ushuaia. Así que emprendí el camino a esta belleza natural, que se extiende por 63 mil hectáreas y constituye la reserva fundamental del bosque subantártico argentino.

Conocí este extraordinario lugar con un nuevo compañero italiano, Carlo, quien surcaba caminos sobre su BMW 1200 GS. Ambos establecimos una buena amistad, a pesar de haber mantenido una comunicación cimentada en un intercambio de vocablos del inglés, español e italiano…

Quedé maravillado con las grandiosas montañas, sus infinitos y diáfanos lagos, excelentes carreteras de ripio y hermosa vegetación, construyendo todos estos regalos naturales un magnífico recuerdo en mi mente.

Después de haber experimentado la enorme satisfacción de fotografiarme junto al letrero que identifica el fin de la carretera, partimos nuevamente a la ciudad de Ushuaia.

Al llegar, noté que el caucho trasero de mi moto se encontraba completamente liso. Estaba seguro que allí no podría adquirir un repuesto pero, afortunadamente, Carlo  me vendió un neumático casi nuevo que tenía en su camión de apoyo. 

Después de hacer el cambio necesario, fuimos a conocer el Glaciar Le Martial, una montaña ideal para esquiar en invierno, que se encuentra a siete kilómetros de la ciudad. Regocijándonos con una formidable vista, disfrutamos de una merecida cerveza para brindar, motivos había de sobra…

Al día siguiente de tan intensa jornada, dejé Ushuaia. Eran las ocho de la mañana cuando, cobijado por un frío intenso, me dirigí en dirección al Parque Nacional Torres del Paine, en Chile. Aún sin tener clara la ruta, espere a llegar al paso fronterizo de San Sebastián para tomar la decisión, donde una desagradable noticia me esperaba. Era mediodía y no había gasolina. Me dijeron que el camión surtidor llegaba a las seis de la tarde.

Después de esperar hasta las siete de la noche, dirigí el manubrio hacia Río Gallegos, bajo lluvia y entrada la madrugada. La situación se complicó aún más al no encontrar albergue. Después de golpear muchas puertas, hallé una habitación que no rentaban porque el baño no funcionaba, yo sólo necesitaba un techo donde descansar, así que acepté. Diecisiete horas de manejo durante el día, lo convirtieron en la jornada más larga en carretera.

estrecho de magallanes llegada a Ushuaia