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Pequeña Uruguay

Entramos a la frontera con Uruguay por el pueblo divisorio de Chuy. Me pareció casi simbólico el trámite aduanal porque apenas demoró cinco minutos.  

Una desagradable noticia nos aguardaba: la gasolina era aún más cara que en Brasil. Afortunadamente, este país es pequeño y sólo llenamos el tanque dos veces. 

Nuestra primera visita fue al Parque Nacional Santa Teresa, el cual se extiende 1.050 hectáreas forestadas con especies nativas y foráneas. Las fortalezas que yacen en este fabuloso paraje, evidencian que fue escenario de luchas por la independencia del Uruguay.

Todo el parque es una gran zona de camping, pero también cuenta con cabañas familiares y servicios como minimercado, baños impecables con agua caliente, completa señalización y mucha seguridad. 

Rentamos una pequeña cabaña, desprovista de baño pero muy cómoda. Después de instalarnos, salimos a recorrer el parque por sus espesos bosques de altos árboles y sus innumerables senderos que conducen a las playas.  

Durante el paseo, se nos acercaron tres mujeres, abuela, madre e hija, quienes estaban buscando algas marinas para hacer unos pastelitos. Al caer el sol, las amables damas nos los llevaron a nuestra cabaña. La amabilidad de la gente durante este viaje nunca nos ha desamparado…

Al levantarnos, salimos a transitar Uruguay realizando una parada en la playa Punta del Diablo y luego continuamos hasta el destino donde deseábamos pernoctar, Punta del Este, el sitio en boga del verano en la zona más austral del continente.

Semejante a South Beach, vibra al son de la rumba y la suntuosidad, escoltada por magníficas edificaciones. Esta franja de tierra que separa las prístinas aguas del Río de la Plata y el Océano Atlántico, recibe, glamorosa, a adinerados turistas, especialmente argentinos.  

Nos comentaron que al igual que en el resto del país, la inseguridad no es un problema en Punta del Este y lo noté en el ambiente, cuando observaba a chicas pidiendo cola, o turistas exhibiendo ostentosos autos y brillantes joyas. 

Tanto lujo tiene su precio y fue bastante elevado, cuando cancelamos el hospedaje, la alimentación y la fiesta durante nuestra breve estadía… pero valió la pena. 

El trasnocho provocado por la juerga nos mantuvo en cama más allá de nuestra hora habitual de despertarnos. Esta vez, partimos rumbo a Montevideo, la capital más austral de América Latina. 

Conocimos la hermosa “Ciudad Vieja”, nombre con el que se conoce el casco histórico de esta metrópoli, la cual resguarda las construcciones de la era colonial y de los primeros años de independencia. También comimos en el delicioso y pintoresco Mercado del Puerto, repleto de parrillas servidas en una agradable atmósfera.  

Por si fuera poco, la casualidad nos condujo a una entrevista para una televisora local, interesada en nuestro espectacular periplo sudamericano.  

Más tarde, encendimos nuestras motos para dirigirnos hasta Colonia del Sacramento, una asombrosa ciudad con gran actividad turística, cuyas calles empedradas y edificaciones coloniales cuentan memorables historias.

Recorrimos los 170 kilómetros que nos separaban de esta población, en compañía de una pareja brasilera, cuyos planes involucraban extender su viaje desde Buenos Aires, hasta el parque de las Torres del Paine, en Chile.

Una vez en Colonia, gestionamos los trámites para abandonar este pequeño pero encantador país, con miras a recorrer Argentina. Nos embarcamos en el Buquebus, un excelente ferry que nos trasladó hasta Buenos Aires, tras tres horas de travesía. Existe una alternativa de navegación que sólo demora una hora pero, desde luego, costaba el doble y previamente decidimos ahorrar gastos.