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Brasil Toda una Experiencia

Finalmente, luego de dos días de retraso esperando desde Estados Unidos la indumentaria faltante para emprender mi aventura, salí el martes 6 de diciembre con destino a Sudamérica. 

 Partí a las siete de la mañana desde la ciudad de Puerto Ordaz, en el estado Bolívar, hasta el pueblo de Santa Elena de Uarién, situado al sur dentro de los mismos límites estadales.  Durante los primeros 25 días de viaje conocí asombrosos parajes con mi compañero Richard Brand.  Por seis horas nos escoltó una intensa lluvia hasta el kilómetro 88 de la carretera, apaciguándose luego para que la naturaleza nos obsequiara una espectacular tarde, en la que me regocijé con los majestuosos paisajes de La Gran Sabana, la región oriental del colosal Parque Nacional Canaima, apostada al sur del río Orinoco. 

Esta planicie se extiende 75 mil kilómetros cuadrados, formando parte del macizo guayanés, una de las zonas más antiguas del mundo. Quienes la visitan son cautivados  por sus interminables y verdes sabanas, solemnes cascadas, numerosos y refrescantes ríos y, en especial, por sus extraordinarios tepuyes.  

Admirar todas estas dádivas de la madre tierra,  hicieron que el final de la primera jornada de este periplo fuera inolvidable y que me sintiera orgulloso de las maravillas que componen el acervo natural de mi país.  

Debido a la lluvia, a mis paradas para registrar en fotos los regios paisajes y, nuestro almuerzo sin premura, ese día recorrimos 590 kilómetros en nueve horas.

Arribamos a Santa Elena de Uairén a las seis de la tarde. Esta joven ciudad, situada a unos 15 kilómetros de la frontera con Brasil, ofrece servicios indispensables para el viajero como hospedaje, alimentación y suministro de combustible.  

La primera parada fue en el Comando de la Guardia Nacional, donde tramitamos el permiso de salida del país y nos revisaron las motos. Nos prometieron que todo estaría listo a las ocho de la mañana del día siguiente y así fue. 

Antes del merecido descanso en la cabaña donde nos alojamos, redistribuimos algunos elementos de nuestro equipaje para tener lo más necesario a la mano y, actualicé la página web www.aventura2.com, en la que publiqué, frecuentemente, información sobre el viaje.  

El 7 de diciembre despertamos a primera hora de la mañana para dejar el país. Después de buscar los permisos en la Guardia Nacional y los certificados de vacunación contra la fiebre amarilla, exigido por Brasil, partimos con destino a la frontera de esta nación, bendecidos por casualidad por las bien recibidas palabras y las medallas protectoras o Yantran, dispensadas por un maestro hindú llamado Shree Vassant.

Al llegar al pueblo de Paracaima, en el estado Roraima, conocido popularmente como “La Línea”, por situarse en el lado brasileño de la línea fronteriza entre Venezuela y ese país, cargamos energías con un copioso almuerzo en una de las churrasquerías, siendo gentilmente atendidos por un popular y pintoresco personaje al que llaman “Minero”. 

Boa Vista era nuestra meta inmediata, a unos 215 kilómetros de nuestra ubicación. Emplazada también en el estado de Roraima, esta ciudad se destaca entre las capitales del norte de Brasil, por su trazado urbano planificado.  

Al alcanzar nuestro destino, visitamos algunos lugares turísticos como la Plaza del Garimpeiro, el centro de la ciudad, el parador turístico del Río Branco y la avenida Ayrton Senna, reconocida por sus  semáforos tipo Fórmula 1.  

En vista del alto costo de la gasolina en terrenos brasileros, nos trasladamos a una velocidad promedio de 110 kilómetros por hora, en aras de maximizar el rendimiento de las motos.  

Eran las cinco y media de la tarde, cuando decidimos rodar un poco más, hasta el poblado de Caracarai, a 135 kilómetros de distancia. Al quedarnos sólo medio tanque de combustible asentimos en completarlos, pagando la astronómica suma de 76 reales, que al cambio fueron 76 mil bolívares por ambos vehículos. 

Sosegado y relajante fue el atardecer que nos acompañó en la carretera hacia Caracarai. A nuestro arribo, buscamos una habitación para culminar así el segundo día de nuestro trajinar sudamericano.  

Al despuntar la jornada siguiente tomamos el “café da manhã”, como se le conoce al desayuno que se toma en los hoteles brasileños y, a las 7:30 a.m., nos dirigimos hacia Manaos, ciudad de la cual estábamos distanciados 625 kilómetros.  

La vía estaba en condiciones normales, pero un poco aburrida por las numerosas rectas, a pesar de habernos topado con algunos tramos irregulares. Nos circundaba un paisaje muy selvático y un calor sofocante. 

Durante nuestra trayectoria cruzamos la línea del Ecuador y la Reserva Indígena Waimiri Atroari,  donde está vetado tomar fotografías y detenerse. Mientras nos sobrevolaban coloridos guacamayos, divisamos numerosos indígenas y un caimán que fue testigo de nuestra marcha. 

Al concluir nuestro tránsito por la Reserva, conocimos a Mike Kuca, otro motero quien desde Alaska, había rodado tres meses en su KLR 650. Fue gratificante oírlo hablar de lo agradable que le resultó su paso por Venezuela y de la hospitalidad con la que nuestros coterráneos lo atendieron.  

Tras nueve horas de viaje llegamos a Manaos, placenteramente sorprendidos por el buen estado del último tramo de la carretera y la excelente señalización urbana en la entrada de la ciudad. 

Situada cerca de la confluencia del Río Negro con el río Amazonas, Manaos es un importante puerto en el que la refinería de petróleo, la industria alimentaria y el turismo, son algunas de las actividades económicas más importantes. 

Buscamos ansiosos un hospedaje para reposar, pero no encontrábamos alojamiento con estacionamiento para las motos. Afortunadamente, pernoctamos en un hotel diagonal al famoso Teatro Amazonas, en el que, amablemente y para nuestra tranquilidad, el recepcionista accedió a resguardar nuestros medios de transporte en su área de trabajo. 

Al despertar, nos preparamos para conocer la ciudad. La simbiosis entre la arquitectura colonial, neoclásica y moderna que se despliega en esta urbe, me dejó atónito.  

Nos dispusimos entonces a averiguar en el puerto, de qué modo podíamos trasladar las motos hacia nuestra próxima parada, Puerto Velho, capital del estado Rondônia, situada a la margen derecha del río Madeira. 

Preguntando aquí y allá, llegamos al Ceasa, un muelle en el que sólo pueden desembarcar gabarras sin pasajeros y de donde nos mandaron a Manaus Moderno, un puerto apostado en el centro de la ciudad.  

La numerosa cantidad de embarcaciones, una suerte de enormes peñeros de tres pisos, la dinámica actividad comercial y el manejo manual de la mercancía, corroborado en el enérgico hombre que trasladaba una nevera sobre su cabeza, nos dejaron sin palabras. 

Seguimos de muelle en muelle, esperando hallar una embarcación en la que pudiéramos llevar nuestras motos, hasta que confirmamos que la única manera de alcanzar el próximo destino era arribar al otro lado del puerto. La situación nos obligó a tomar una “lancha –taxi” hacia el “Dois Irmaos”, nombre del barco que nos trasladó a Puerto Velho. 

Cancelamos un impuesto de 10 reales,  100 reales por cada moto y 400 reales por el camarote para dos personas lo cual, además, incluía todas las comidas. Una acalorada discusión se sucedió cuando los estibadores o caleteros se ofrecieron a ayudarnos a montar nuestras motos en la embarcación, colaboración que no era necesaria y por la cual nos estaban exigiendo 200 reales, lo cual en bolívares era aproximadamente 200  mil. Finalmente, cancelamos 20 reales. 

No podrá desaparecer de mi memoria la primera visión que tuve cuando abordé el barco; parecía que todas las hamacas del mundo estaban confinadas en ese espacio mínimo, junto al comedor y los baños. Sentía que había retrocedido a principios de siglo XX… 

Nuestro camarote, o más bien nuestro closet, se extendía tan sólo 1.20 x 2.5 metros, despojado de ventana y baño. Al menos tenía un ventilador de piso que nos proveyó de una salvadora brisa en las noches calurosas. 

Difícilmente pudimos saborear el desayuno, pues el pan y el café eran servidos a las seis de la mañana. Felizmente, ni el almuerzo ni la cena fueron tan frugales como la primera comida de la jornada, pero sí muy monótonos: arroz, pasta, ensalada, carne guisada o pollo, típicas caraotas rojas, jugo de merey o refresco. 

Luego de hacer fila para tomar el ansiado plato, nos sentábamos en una tabla mirando hacia la pared y comenzábamos a degustar el alimento que en mucho superó nuestras expectativas, en especial por la precariedad del entorno. 

La cordialidad, sencillez y carisma de los brasileños, curiosos por saber de nuestras motos y nuestro aventurado viaje, rápidamente nos condujo a entablar una relación amistosa con nuestros compañeros de travesía. Uno de esos personajes especiales fue Luis Antonio Salomón,brasilero que con su Teneré 600, se unió a nuestro recorrido, en dirección al sur, al hogar familiar.  

Inicialmente, en la ruta fluvial desde Manaos hacia Puetro Velho navegamos por el Río Negro, cruzamos por el Río Amazonas y remontamos el Río Madeira hasta llegar al nuevo destino. 

El 14 de diciembre, después de cinco noches de travesía, a las cinco de la mañana, tocamos tierras de Porto Velho. El desembarco de las motos fue toda una odisea, porque, en primera instancia, las pasamos del Dois Irmaos a otra embarcación que funcionaba como puente entre nuestro barco y el “muelle,”  a través de un tablón de escasos 25 centímetros de ancho. 

Luego, entre cinco personas las cargamos escaleras arriba sobre un fangoso y angosto terreno. A pesar de la compleja maniobra, logramos trasladar rápidamente las motocicletas. 

A nuestro arribo, fuimos advertidos de la poca seguridad de la ciudad. Pronto montamos el equipaje en los vehículos para resguardarlo, desayunamos y dimos un breve recorrido por la localidad antes de emprender la marcha a la ciudad de Vilhena, aproximadamente a unos 700 kilómetros al sur de nuestra ubicación actual, formando parte de la frontera con el estado Mato Grosso. 

Mike nos acompañó hasta Porto Velho, pues decidió continuar solo hacia Perú, país en el que, según sus planes, vendería la moto para regresar a su patria, Alaska.

Un tiempo nublado y algunas lluvias fueron nuestros compañeros durante un viaje casi sin escalas. Acompañados por nuestro nuevo cómplice de aventura, Luis, el brasileño que conocimos en el “Dos Irmaos”, partimos de Vilhena y, traspasamos las fronteras del estado de Rondônia, para continuar hasta la ciudad de Cuiabá.  

Sembradíos de soya y arroz, así como cuantiosas haciendas ganaderas demarcaban la vía. Ya en el destino previsto, después de pernoctar, asistimos al Parque Nacional “Chapada Dos Guimaraes”, una prodigiosa zona de mesetas y rincones arqueológicos que exhiben sempiternas pinturas rupestres y fósiles de animales prehistóricos, amparando además,  la briosa e impoluta caída libre de agua de 80 metros de altura, conocida como el “Velo de Novia”.   

Este reservorio natural es el principal atractivo turístico en esta zona después de El Pantanal, un lugar considerado como la mayor planicie inundada del planeta y reconocido como Patrimonio Natural de la Humanidad. 

Una de las principales ciudades de El Pantanal, Campo Grande, era nuestra próxima parada, a 120 kilómetros de distancia aproximadamente. Partimos desde Cuaibá a las seis de la mañana el 17 de diciembre pero, lamentablemente, Luis cayó en un hueco, reventando más de la mitad de los rayos de su rin trasero. A un costado de la vía desarmamos el caucho para transportarlo y repararlo en Campo Verde, la ciudad más inmediata, a unos 45 kilómetros, quedando la moto varada por algún tiempo.     

Luego de tres horas fuera de marcha, continuamos nuestro camino. Debido al retraso, no alcanzamos el destino preestablecido, por lo que nos quedamos en una población en el centro de El Pantanal, llamada Río Verde. 

Al amanecer del día 18 de diciembre, partí junto a mis compañeros hacia Guaíra, en el estado de Paraná. Durante la marcha, la moto de Luis continuó fallando, no sólo por el daño que habían sufrido los rayos, sino por un ruido perenne en el motor. 

Esta situación nos impulsó a disminuir la velocidad, pero Luis nos exhortó a no demorarnos más, explicándonos que se quedaría en la próxima ciudad a fin de corregir sus problemas.  

Aprovechando el horario de verano, que  dilata la vida de los días, adelantamos camino para concretar nuestra meta: cruzar la frontera del Estado. Para ello, atravesamos un enorme puente sobre el río Paraná, obsequiándonos un atardecer imborrable.  

El 19 de diciembre encendimos nuestras motos para conocer la ciudad de Foz de Iguazú,  no sin antes atravesar al menos 65 kilómetros de una terrible carretera, saturada de huecos, desniveles y piedras, entre otros obstáculos.  

Era la primera vez que algo semejante nos sucedía, pero este inconveniente fue dichosamente opacado por los pasmosos paisajes que recrearon nuestra vista, evocándome a Europa, inclusive, por su frío clima.  

Nos estrenamos pagando peaje, cancelando la insólita suma de 2,70 y 3,50 reales por moto, lo que equivale a más de 15 mil bolívares, entre varios peajes. Al arribar a la ciudad nos alistamos para conocer la Represa de Itaipú, una de las siete maravillas del mundo moderno, construida en conjunto con Paraguay. Sus 18 turbinas están divididas entre ambas naciones. El recorrido turístico fue acreedor de mi reconocimiento por su impecable  organización, sus confortables y lujosos autobuses, la completa y agradable guiatura y, una envidiable infraestructura. 

Destinamos el 20 de diciembre para visitar las colosales Cataratas de Iguazú. Por averiguaciones previas, supe que en el sector argentino de este monumento natural, se ofrecía el paseo más completo, el cual permitía ver los saltos con mayor proximidad. Por sólo ser transeúnte, realizamos el paso fronterizo sin complicaciones.  

Acceder al parque nos costó 30 pesos argentinos cada uno, lo que equivalía a 28 mil bolívares. Las atractivas instalaciones, la valiosa información suministrada, el evidente mantenimiento y los traslados en tren y bote, representaban mucho más que la suma sufragada.  

Una vez en el parque, contemplamos absortos el inconmensurable caudal de agua de más de 275 caídas separadas, que en temporada de lluvia ascienden a 350, lo que en promedio representa unos 1.500 metros cúbicos de agua por segundo. Luego de casi siete horas de trajinar por este Patrimonio Natural de la Humanidad, el cual resguarda en sus 67.620 hectáreas más de dos mil especies de flora autóctona, 450 de aves, 80 de mamíferos e incontables insectos, mis expectativas fueron superadas con creces.   

De regreso al hotel, nos dirigimos a conocer el hito fronterizo del lado de Brasil, desde el cual se avistan los hitos colindantes con Paraguay y Argentina, separados por el río Paraná. 

El miércoles 21 partimos a nuestro siguiente destino, Curitiba, por una carretera realmente sorprendente, tanto por sus óptimas condiciones y excelente señalización  como por los paisajes de espesos bosques y el frío que nos obsequió.   

Todo tiene su precio y tan confortable trayecto significó cancelar en seis peajes, de dos a tres reales por moto.   

El arribo a Curitiba, capital del estado de Paraná, fue tal como esperaba. Nos recibió una gran ciudad urbanamente muy organizada, provista de un sistema de transporte público con horas de llegada y salida preestablecidas, cuyas unidades están unidas una detrás de la otra con una suerte de acordeón, las cuales realizan su desembarco y embarco sólo en las paradas fijadas para ello. Además, sus residentes aplican  una política de reciclaje de basura que se aplica por doquier, siendo así una auténtica ciudad modelo.  

Tras ubicar un hospedaje donde alojarnos, comenzamos a efectuar las averiguaciones para conocer los trámites necesarios a fin de trasladarnos a Río de Janeiro por vía aérea, pues por varias sugerencias que nos habían hecho en todo el trayecto, optamos por garantizar nuestra seguridad y ganar tiempo, dejando descansar las motos. 

A las cinco de la mañana del jueves 22 de diciembre, abordamos un taxi que nos condujo al aeropuerto donde tomamos el vuelo para nuestra próxima parada, el cual partió a las siete de la mañana. Los 199 reales que costó el boleto nos parecieron un buen precio. Hicimos escala en Sao Paulo y, a las 10 de la mañana estábamos gozando de un espléndido día soleado en Copacabana, una de las más hermosas playas de Río de Janeiro. 

Impresionante me resultó el gran número de personas practicando fútbol en la playa, con un contundente dominio del balón, se nota el talento que llevan en los genes…

No podíamos dejar de hacer el clásico circuito turístico por la que ha sido catalogada  una de las ciudades más bellas del mundo. Así nos asombramos en el hermoso cerro de Corcovado, con la monumental estatua de Cristo que, situada a más de 700 metros de altura, da la bienvenida con los brazos abiertos a quienes lo ven desde cualquier punto de la cuidad.  

Finalmente, conocimos la famosa playa de Ipanema, una de las mejores del mundo, concurrida tanto por turistas como por cariocas que salen a hacer ejercicio o quieren disfrutar un trago en sus incontables bares y quioscos. Afortunadamente, la seguridad se evidenció con la presencia de numerosos policías, haciéndonos sentir seguros incluso de noche. 

Las playas son muy amplias y vibran al ritmo de sus alegres y relajados bañistas. Por otra parte, la vida nocturna, tal como nos habían referido, es muy intensa, pero también colmada de prostitución, indigentes durmiendo en las aceras y niños mendigando para sobrevivir, dibujando así un fuerte contraste.  

Durante dos días descansamos, tanto nosotros como las motos. Regresamos a Curitiba al mediodía del 24 de diciembre. La celebración navideña motivó el cierre de los locales de la ciudad, la cual lució desierta  después de las seis de la tarde,

Al día siguiente, nos alistamos para salir camino a Florianópolis, capital del estado de Santa Catarina. Como siempre, la carretera fue maravillosa. Antes de llegar a nuestro destino nos detuvimos para conocer el Balneario de Camboriú, a orillas de la ciudad homónima, el cual es el mayor atractivo turístico del estado de Santa Catarina. 

Sus límpidas aguas, sus olas perfectas para el surfismo y su belleza escénica, hacen de esta playa un recinto de diversión. Allí sobrevolé el balneario en parapente por unos 20 minutos, regocijándome no sólo con la poderosa sensación de conquistar el cielo, sino por la magnífica vista que pude obtener de la ciudad.

En Florianópolis nos recomendaron una playa llamada Guarda do Embaú, y decidimos llegar hasta allá pues sólo nos separaban 37 kilómetros. Tras conseguir hospedaje, caminamos para tomar un pequeño bote y atravesar una laguna para  llegar a la playa y corroborar que había valido la pena haber visitado este “paraíso surfista”, con espléndidas dunas y agua templada.  

El 26 de diciembre, luego de pasar la noche en este lugar, retornamos a Florianópolis, una de las zonas más ricas de Brasil, bañada por el Océano Atlántico. Más de 90 % de esta ciudad está asentada en la Isla de Santa Catarina,  que atesora más de 40 playas. 

Esta isla se convirtió, por excelentes recomendaciones, en nuestra posterior parada. Atravesamos unas inmensas dunas en las que se practica sandboarding, un deporte extremo que consiste en deslizarse sobre una tabla en acumulaciones de arena. Luego, conocimos la playa Joaquina, excelente para surfistas y muy explotada turísticamente. 

Después de recorrer algunos de los parajes de la isla, dejamos Florianópolis y nos dirigimos más al sur, hacia la playa de Garopaba, a unos 70 kilómetros de distancia. Sin embargo, nos desviamos hacia otro balneario muy popular bautizado como Ferrugen, otra excelente recomendación de camino. Realmente es un edén secreto consituido por dos playas y una laguna, magnífico para surfistas y provisto de muchas posadas, además de un agradable ambiente.  

Al amanecer, fuimos sin demora a disfrutar de la playa, recorriéndola y relajándonos al máximo. A continuación, nos alistamos para continuar nuestro periplo abandonando Ferrugen a la una de la tarde rumbo a Porto Alegre, capital del estado de Rio Grande do Sul y un gran centro industrial. 

Todo lo que podía pedir de una carretera lo tuve, un buen clima de costa y formidables condiciones. Nos desviamos para proseguir nuestra marcha por una zona llamada Strada do Mar, con la intención de continuar conociendo más playas hermosas.

El cansancio no se había apoderado tanto de nosotros, como para detenernos a pernoctar en Porto Alegre. Además, no tenía deseos de quedarme en una gran urbe, así que continuamos un poco más nuestro camino hasta Camaquá, una ciudad de paso. 

El 28 de diciembre fue nuestra última jornada en Brasil. En mí convergían sentimientos encontrados, por un lado, la alegría que me embargaba al saber que entraría en otro país, lo que suponía una nueva meta en mi viaje y otra cultura por descubrir. Por el otro, la nostalgia de dejar la patria brasileña, en la que viví una enriquecedora experiencia admirando su organización y sus estupendos contrastes naturales, conviviendo con gente inolvidable por su amabilidad y permanente sonrisa.   

Partimos camino a Uruguay. El trayecto fue diferente, porque no habíamos tenido tanto control policial de velocidad, además los últimos 250 kilómetros fueron muy monótonos, con extensas rectas desoladas. En un tramo advertimos numerosas especies de fauna, atrapando mi atención una familia de chigüires, diversos tipos de garzas y algunos patos. 

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